Leer simultáneamente un bestseller moderno de finanzas personales “La Psicología del Dinero” (Morgan Housel), un tratado filosófico-pragmático del siglo XIX como es “ El Arte de ser feliz” (Arthur Schopenhauer) y un clásico de la criminología sociológica “El delito de cuello blanco” (Edwin H. Sutherland), no es precisamente una actividad que recomiendo, o si?
El cruce, si es que existe, me dejó en el plano de la sociología del delito y las razones para cometer los delitos económicos por parte especialmente de los que Sutherland llamó los “Ladrones profesionales” que cometen delitos de cuello azul.
Así que, mas allá del aprendizaje de conductas desviadas, para mi se trata del deseo de riqueza, de la voluntad de obtener éxito material y la frustración de no conseguirlo parafraseando a Merton en la “Teoría de la Anomia”, es lo que origina el conflicto penal económico.
En primer lugar Sutherland nos enseñó que, a pesar que la imagen del delincuente suele estar asociada, en el imaginario colectivo, a la marginalidad y a la carencia de recursos, sin embargo existen individuos que gozan de un estatus medio o alto a pesar de lo cual deciden cruzar la línea de la legalidad para obtener más.
Este fenómeno nos obliga a preguntarnos qué motor interno impulsa a quien ya “tiene” a arriesgarlo por lo que no tiene y no necesita, en el sentido estricto de la palabra.
Para desentrañar esta cuestión, es necesario realizar un recorrido que conecte la raíz filosófica del deseo, el detonante conductual de la ambición insaciable y su materialización final en el conflicto penal económico.
Para entender el origen del conflicto, debemos profundizar en la psicología humana de la mano del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, quien plantea que la felicidad perfecta es inalcanzable, pues el ser humano está movido por una voluntad que es, por naturaleza, insaciable.
Schopenhauer plantea que el descontento humano no nace de la falta de posesiones reales, sino de la discrepancia constante entre lo que tenemos y lo que pretendemos alcanzar.
El filósofo utiliza una metáfora magistral que resuena con especial fuerza en el ámbito de los delitos económicos:
«La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se tendrá».
Esta sed no es solo por el objeto material, sino por lo que el individuo representa frente a los demás, Schopenhauer divide la suerte de los mortales en tres puntos: lo que uno es, lo que uno tiene y lo que uno representa. Es en este último punto, la imagen que proyectamos en la conciencia ajena, donde radica gran parte de la desdicha y el motor del conflicto económico.
Según Schopenhauer,
«la fuente de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de subir el nivel del factor de las pretensiones».
El ser humano de alto estatus cae en un bucle donde su ego exige un reconocimiento constante a través de la ostentación, al no saber acotar sus límites, su existencia se convierte en una línea desigual y vacilante que le causa arrepentimiento y dolor.
Este desasosiego existencial es el caldo de cultivo donde se gesta la disposición hacia la ilegalidad: el deseo de alimentar una representación social que nunca se siente lo suficientemente sólida.
Así pues, si Schopenhauer describe la naturaleza del deseo, Morgan Housel, en sus reflexiones sobre la psicología del dinero, identifica el punto exacto donde esa inquietud se transforma en un riesgo destructivo.
El gran peligro de la ambición económica contemporánea no es el deseo de progreso, sino la incapacidad de definir el concepto de «suficiente».
Housel advierte que «suficiente» no es poco, sino darse cuenta de que lo contrario, un apetito insaciable por más, llevará al individuo al punto de arrepentirse.
El conflicto conductual surge cuando por ejemplo en el mundo de los negocios y las inversiones, muchas personas solo dejan de buscar más cuando se rompen y se ven obligadas a hacerlo.
Este comportamiento es comparado por el autor con la alimentación: la única forma de saber cuánto puedes comer es comer hasta que te enfermas, pero mientras que en la alimentación el dolor nos detiene, en las finanzas esa lógica suele fallar.
Las personas que ya poseen un estatus, a menudo arriesgan lo que sí necesitan (su reputación, su libertad, sus relaciones) por conseguir algo que, en realidad, no necesitan (estatus).
Este deseo insaciable y la pérdida del sentido de suficiencia dejan de ser problemas meramente éticos o existenciales cuando entran en contacto con una cultura corporativa específica. Es aquí donde Edwin Sutherland introduce su categoría técnico-jurídica fundamental: el delito de «cuello blanco», que define como «un delito cometido por una persona de respetabilidad y status social alto en el curso de su ocupación».
Es por medio de su teoría de la «asociación diferencial», que Sutherland explica que «la conducta criminal se aprende exactamente igual que se aprende cualquier otra conducta».
Un individuo, ya dotado de esa sed schopenhaueriana de estatus, se integra en grupos donde las definiciones favorables a la violación de la ley prevalecen sobre las desfavorables.
En el entorno de las grandes corporaciones, el deseo de riqueza se materializa en conflicto penal cuando la cultura organizacional normaliza el fraude. En ese sentido, Sutherland afirma que estos delitos no son violaciones accidentales de reglamentos técnicos, sino actos deliberados y organizados. El delincuente de cuello blanco no se ve a sí mismo como un criminal, sino como un personaje astuto que actúa de acuerdo con un código de negocios que difiere del código legal.
La impunidad percibida y el estatus social protegen al delincuente de las críticas severas, aislándolo en una burbuja donde «el prestigio se pierde por violación del código de negocios pero no por violación del código legal».
Así pues, lo que comenzó como una manifestación de la «voluntad» insaciable de Schopenhauer y pasó por la incapacidad conductual de Housel para decir «basta», culmina en la estructura que Sutherland describe como un sistema donde las grandes corporaciones y sus ejecutivos se comportan de forma análoga a los ladrones profesionales, seleccionando delitos donde el riesgo de ser descubiertos es mínimo y las víctimas son débiles.
En conclusión, el deseo por lo que no se tiene y no se necesita es el motor que arrastra a personas de alto estatus hacia el abismo del delito económico, la dialéctica entre la filosofía del deseo y la sociología del aprendizaje criminal nos enseña en nuestra apreciación, que el conflicto penal no nace de la necesidad, sino de la desconexión total con la idea de suficiencia, de modo que cuando el éxito se convierte en aburrimiento, se imponen las interpretaciones desfavorable de la ley y la racionalización de conductas desviadas, intentanto sacear una sed que, por definición, no puede ser saciada.



